sábado, 30 de mayo de 2009

MISHIMA

Yukio Mishima (su verdadero nombre era Kimitake Hiraoka pero se lo cambió siendo adolescente), nació en Tokio en 1925 en el seno de una familia acomodada.
En el terreno humano, entendió la vida como un aventura febril y turbulenta, con marcada propensión a las actitudes retóricas y a los actos desafiantes hasta el delirio.
Su sentido casi "estético" de lo heroico le llevó a rebelarse contra una sociedad a la que consideraba sumida en el vacío espiritual y la decadencia moral.
En 1970, por coherencia con su propio pensamiento, se suicidó según el ritual del hara-kiri.
El 25 de noviembre de 1970, un escritor japonés, acompañado de su más cercano amigo (Morita), y tres jóvenes más, se dirigen al Ministerio de Defensa en Tokio. La víspera, el escritor, Yukio Mishima ha entregado a su editor el último manuscrito revisado, ha cenado con sus cuatro fieles seguidores y se prepara para ejecutar en su cuerpo y en el de su amigo, el tradicional haraquiri.
Al apuntar el día 25 ha tomado una ducha, se ha afeitado meticulosamente y lleva su uniforme ritual.
Llegan al local del Ministerio de Defensa, secuestran a un general y lo obligan a convocar a la tropa.




La escritora Marguerite Yourcenar, recoge en su biografía del escritor japonés el relato de estos últimos momentos ante ochocientos soldados:
"Mishima abre la puerta-ventana, sale al balcón y salta, como buen atleta sobre la balaustrada: 'Vemos al Japón emborrachándose de prosperidad y hundiéndose en un vacío del espíritu. Vamos a devolverle su imagen y a morir haciéndolo ...:
"Las injurias, las palabras malsonantes, ascienden hacia él. Las últimas fotografías lo muestran con el puño crispado y la boca abierta, con esa fealdad especial del hombre que grita o que aúlla, un juego fisonómico que denota ante todo un esfuerzo desesperado para hacerse oír, pero que recuerda penosamente las imágenes de los dictadores y de los demagogos, sean del lado que sean, que desde hace medio siglo han envenenado nuestra vida. Uno de los ruidos del mundo moderno se agrega en seguida a los abucheos: un helicóptero que han solicitado da vueltas por encima del patio, llenándolo todo con el estruendo de sus hélices.



De otro salto, Mishima vuelve al balcón, abre de nuevo la puerta-ventana, seguido por Morita, quien lleva una bandera desplegada con las mismas peticiones y protestas; se sienta en el suelo, a un metro del general, y ejecuta, punto por punto, con un perfecto dominio, los mismos movimientos que le vimos hacer en el papel del teniente Takeyama. El atroz dolor, ¿fue el que él había previsto y en el que trató de instruirse cuando fingió la muerte? Había pedido a Morita que no lo dejase sufrir mucho tiempo. El muchacho intenta abatir su sable, pero las lágrimas le empañan los ojos y sus manos tiemblan. Sólo consigue infligir al agonizante dos o tres horribles cuchilladas en la nuca y en el hombro. "¡Dame!" Furu-Koga empuña diestramente el sable y, de un solo golpe, hace lo que había que hacer. Mientras tanto Morita se ha sentado en el suelo a su vez y toma la daga que estaba en la mano de Mishima. Pero le fallan las fuerzas y sólo se hace un profundo arañazo. El caso está previsto en el código samurai: el suicida demasiado joven o demasiado viejo, demasiado débil o demasiado fuera de sí para hacer bien el corte, debe ser decapitado. "¡Adelante!" "Es lo que hace Furu-Koga".

De ese modo Yukio Mishima fundía su vida con su obra. Y se convertía en un personaje clave de este siglo, para un Japón desgarrado por la modernidad.

www.islaternura.com/APLAYA/NoEresElUnico/M/Mishima/MishimaUNICO.htm